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sábado, 5 de febrero de 2011

Capítulo 19

“Aunque sople el viento y se lleve el mundo entero, no podría arrancarme lo que siento”

La luz de las farolas coloreaba de naranja la calle y la temperatura que envolvía el ambiente advertía que la llegada del otoño estaba cerca. Lucas se estremeció al sentir cómo una brisa fresca le acariciaba los brazos. Sus ojos la contemplaron, cabizbaja, avergonzada. ¿Qué hacía ella allí? Ya había pasado tanto tiempo desde que... desde aquello. ¿Qué era lo que pretendía? Seguramente ni ella misma lo tenía claro, podía percibir mucha inseguridad en sus ojos, que quedaban medio escondidos en la sombra de su flequillo. No llevaba flequillo la última vez que la había mirado tan de cerca. Lo cierto es que había cambiado mucho, pero eso no importaba. No podía comprender qué era lo que la había llevado allí después de tanto tiempo pero, fuera lo que fuese, ya era demasiado tarde, y eso tanto ella como él lo sabían. ¿Qué podía decir a esas alturas? Sentía rabia, tanto por los recuerdos que sin querer acudían a él, como por que aquello no hubiese sucedido antes. A pesar de todo, verla allí delante, temblando, con la cabeza agachada, consiguió conmoverle. Se preguntó si sería tan complicado revolverle el pelo como en aquel entonces y decirle que no pasaba nada, que todo estaba olvidado. Contuvo un suspiro. Sí que lo era, era muy difícil. Como dice el dicho, podría perdonarla pero no olvidar lo que ocurrió. Y una amistad con alguien a quien guardas rencor de manera irremediable no era lo que él quería. En realidad, lo que pasó, el hecho en sí, ya no le importaba. Él comprendió por qué hizo aquello, y la hubiese perdonado. Lo que no podía comprender es que jamás se acercara a él para disculparse o para dar una explicación. Por lo visto, había necesitado casi dos años y medio para decidirse a aparecer. Sabía perfectamente que Gloria estaba allí porque le debía una disculpa. Su expresión hablaba por ella. Y también sabía de sobra que no obtendría el perdón que había ido a buscar.
-Sea lo que sea lo que quieres decirme... no va a cambiar nada. - Dijo Lucas con una voz fría y llena de hostilidad, que la chica recibió con un suspiro débil, camuflado entre el pelo que le ensombrecía buena parte del rostro.
No contestó, acertando en la expresión del chico que no había terminado de hablar. Esperó con nerviosismo hasta que él decidió seguir y, mirándola a los ojos, sus labios pronunciaron unas palabras afiladas, fulminantes:
-Márchate, Gloria.

Ruth se acurrucó envuelta entre las sábanas intentando protegerse del desagradable sonido del móvil, que la avisaba de que ya era hora de levantarse. Todavía tenía agujetas de aquel fin de semana y no le apetecía nada ir al instituto. ¡Con lo bien que se está en la cama! Pero ya había dejado sonar cinco veces la alarma, así que, resoplando, se destapó y se dirigió a la ventana para cerrarla: había bajado mucho la temperatura. No disponía de tanto tiempo como para recrearse en elegir la ropa, así que se puso los primeros vaqueros que encontró en el armario y una camiseta negra de manga corta. Se estiró hacia atrás para mirar por la ventana. El cielo animaba a abrigarse un poco más, de modo que agarró una sudadera del mismo color que la camiseta y corrió escaleras abajo. Le extrañó no encontrar a Víctor en la cocina: solía madrugar más que ella. ¿Se habría quedado dormido? Quizás debería subir para despertarlo.
-¡Buenos días, peque! - Exclamó alegremente al entrar por la puerta, quitándole de la cabeza aquella idea.
Ruth se sobresaltó tanto que derramó la leche con que estaba llenando su taza. Después sonrió a su hermano y limpió la mesa con una balleta. A pesar de ser temprano y día de clase, Víctor no perdía la sonrisa, y lo cierto es que empezar el día viendo a alguien tan alegre es una buena forma de empezar. Le encantaba verlo siempre tan contento. Así como las personas tristes transmiten una especie de oscuridad y sensación deprimente, Víctor iluminaba allá por donde iba, tenía luz propia. Era como si le sobrara optimismo y saliera de él contagiando a los demás. Lorena le había contado lo triste que estuvo cuando ella y Lucas desaparecieron, y la verdad es que solo de imaginárselo se le formaba un nudo en la garganta. Solo había visto a su hermano pasarlo mal en una ocasión: cuando murió su abuelo. Incluso lo vio llorar. Entonces ella era muy pequeña, pero aquel recuerdo se había grabado en su memoria como algo muy doloroso. No podría soportar que Víctor volviera a sufrir así. Por suerte, era una persona muy fuerte con una cantidad de sonrisas ilimitada, para vencer a la tristeza tantas veces como fuera necesario.
-Pásame las galletas, anda. - Dijo él. Después se llevó el tetrabrick de leche a la boca y comenzó a beber.
Ruth hizo una mueca de asco.
-¡No hagas eso, Víctor! - Le gritó, lanzando un paquete de galletas que él consiguió atrapar al vuelo. - No seas guarro.
-No tengo nada contagioso. - Rió colgándose la mochila y abriendo la bolsa de galletas. - Vámonos ya, que llegamos tarde.

Efectivamente, llegaron tarde. No pudieron coger el autobús porque Ruth se negó a correr tras él, así que ahora estaba frente a la puerta cerrada de su clase, cinco minutos más tarde de lo debido. Suspiró profundamente y dio tres golpecitos antes de abrir. Por lo menos no tenía clase con Francisco Jiménez. Al entrar, todas las personas que se encontraban en el aula se giraron para observar a Ruth, que se disculpó tímidamente y se sentó en su sitio. Ángeles, su profesora de Geología, se golpeó la muñeca con el dedo indicándole que llegaba tarde, pero sin perder su simpatía. Después se dio la vuelta para seguir escribiendo en la pizarra.
-Hoy no tienes excusa. - Susurró Javi alzando las cejas, sonriente.
-Los autobuses se han compinchado contra mí. Todavía no he usado mi bonobús. No es culpa mía.
-Pobrecita. - Intervino Lucas, sentado delante de ella, con tono irónico.
-Oye, esta tarde ensayamos en mi casa. ¿Vas a venir? - Preguntó Javi elevando la voz más de la cuenta. Ángeles le dirigió una mirada de advertencia.
-¿Y cuándo pensáis estudiar? - Dijo Ruth cuando la profesora dejó de mirarles. - El jueves hay examen.
-Lo ha cambiado a la semana que viene. - Añadió Rebeca a su lado.
Ruth miró a Javi.
-Si voy, ¿me echarás una mano con Física?
-Claro, después del ensayo lo vemos.
-Los cuatro fantásticos de atrás me van a hacer una visita en el recreo. - Exclamó Ángeles girándose de nuevo, con la mano puesta en la cintura de una manera muy graciosa. - Os quiero ver en el departamento a las once y media.
Los chicos asintieron con la cabeza gacha y permanecieron callados durante el resto de la clase.

A la hora del recreo, se dirigieron al departamento de Biología y Geología, tal y como les había indicado la profesora.
-Tranquilos, Ángeles es muy buena. Nos echará un poco la bronca y ya está. - Dijo Lucas encogiéndose de hombros.
-Eso espero, no quiero que me coja manía desde principio de curso. - Añadió Ruth mordiéndose el labio. Después llamó a la puerta, pidiendo permiso para entrar, y abrió.
-¡Hola chicos! - Exclamó Ángeles al verlos allí. No parecía enfadada. - Pasad, pasad.
Ellos, obedientes, ocuparon la pequeña aula, llena de estanterías abarrotadas de libros. En la mesa, colocada en el centro, había multitud de carpetas y papeles desordenados.
-En realidad, - continuó la profesora, dedicando una sonrisa amable a sus alumnos. - No voy a castigaros, quería pediros un favor. - Al decir esto, su mirada se dirigió a Lucas, a quien ya conocía de otros cursos. - Me he comprometido a hacer el mural de las ciencias de este año, pero últimamente no he tenido mucho tiempo y los días han pasado volando. Total, que a penas lo he empezado, y ya sabeis que la exposición es mañana. - Hizo una breve pausa y miró a los chicos con un gesto de disculpa. - Me da vergüenza pediros esto, sobre todo cuando el mural que teníais que hacer los alumnos está terminado desde la semana pasada, pero la verdad es que me vendría muy bien algo de ayuda esta tarde.
-Puedes contar conmigo. - Dijo Ruth, aún sabiendo que aquello destrozaría sus planes de ir a ver tocar a sus amigos.
-Conmigo también. - Se ofreció Lucas.
Javi y Rebeca asintieron, indicando que ellos también echarían una mano. De todas formas, sin Lucas no iban a poder ensayar.

¿Pero dónde se metía esta chica? Natalia bajó las escaleras al ver que Ruth no estaba ya en clase. Tenía que hablar con ella. La noche anterior se le había desconectado Internet y no pudieron terminar la conversación. Sabía que no debía enfadarse con ella por haberle querido ocultar lo de Lucas. Después de todo, ella había hecho exactamente lo mismo. Bueno, no, en su caso era peor, porque no lo había hecho por el bien de su amiga, sino en beneficio propio. Se sentía mal por ello. Le dolía estar perdiendo a Ruth, pero no sabía cómo evitar la distancia que había entre ellas, y que cada vez era más grande. Desde lejos, la vio en el pasillo de la biblioteca. Acababa de salir del departamento de Biología y Lucas iba con ella. Sintió un nudo en el estómago al verlos juntos... y además parecían muy contentos, porque se reían a carcajadas...
Se marchó de allí antes de que pudiesen verla y cruzó la cafetería para llegar a uno de los dos patios que tenía el instituto, este en la parte de atrás. Gloria y las demás no solían estar allí en los recreos, pero no le apetecía demasiado estar con ellas después de lo del día anterior.
Como iba despistada, inmersa en sus pensamientos, no vio al chico que tenía delante y chocó contra él.
-Lo siento. - Exclamó ella sin prestar demasiada atención, dispuesta a continuar.
Pero él la agarró del brazo, impidiéndolo.
-¿No te acuerdas de mí? - Preguntó con una sonrisa.
A Natalia le llevó unos segundos recordar de quién se trataba, pero haciendo un poco de memoria, reconoció al chico de la Coca-Cola.
-Perdona, no me había dado cuenta. - Se disculpó.
-Ya veo, ibas en tu mundo. - El chico soltó una carcajada. - ¿Hoy no bebes Coca-Cola?
-Pues ya ves.
Natalia le dedicó una sonrisa. No había sido muy agradable con él el día anterior, pero la verdad es que el chico era simpático. Y muy guapo.
-Todavía no me has dicho cómo te llamas. - Dijo él sin apartar la mirada de sus ojos. - ¡Después de que te invité y todo!
Antes de poder contestar, Natalia sintió la mano de alguien en su hombro y se dio la vuelta para comprobar de quién se trataba. El corazón le dio un vuelco cuando descubrió tras ella a la última persona que esperaba encontrar. Tragó saliva y sus mejillas empezaron a arder.
-¿Puedo hablar contigo, Nat? - Preguntó Lucas.

1 comentario:

  1. esta genial a historia espero que publiques pronto el siguiente¡¡.....:)
    pasate por mi blog si quieres un besitoo¡¡..:D

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